IDENTIDAD EUROPEA

Espacio personal de actualidad europea

martes, 16 de septiembre de 2014

Historias del Tercer Reich: Viaje a Múnich: Siguiendo los pasos de Adolf Hitler (I)

Historias del Tercer Reich: Viaje a Múnich: Siguiendo los pasos de Adolf Hitler (I)


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Historias del Tercer Reich

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domingo, 11 de marzo de 2012

Viaje a Múnich: Siguiendo los pasos de Adolf Hitler (I)

Seguimos con el viaje a Múnich:

Buscando por Internet encontramos una agencia que realizaba varias visitas guiadas , entre ellas una anunciada como "Tour del Tercer Reich". No hace falta decir que sin dudarlo la contratamos. Pues allí estábamos mi mujer, lo que tiene que soportar la pobre por el friki del marido, y yo un sábado a las 11:30 esperando en la estación de tren de Múnich a la guia. A la excursión se unió un chico peruano, con lo cual fue como si hubiésemos contratado un guía privado. No me enrollo más, vamos a lo que importa.

Comenzamos la visita con una explicación sociopolítica de la época anterior al Tercer Reich y un repaso breve a  la biografía de Adolf Hitler.  No voy a aburriros con una historia ya conocida por todos. Después nos llevó a ver los escenarios de la historia del Nacionalsocialismo, que es lo mismo que decir de Adolf Hitler
El edifico blanco era el antiguo ayuntamiento y cuando Adolf Hitler comenzó a trabajar como informador del ejército albergaba unas oficinas municipales, donde Hitler presentaba los informes de sus pesquisas. En la actualidad son dependencias de la policía.  
Antiguamente este edificio era el hotel Fürstenfelder lugar donde se  fundó el  Partido Obrero  Alemán, Adolf Hitler fue enviado por sus superiores a investigarlo.
Llegamos a la Hofbräuhaus, famosa cervecería de Múnich, donde se realizaban las reuniones del Partido Obrero Alemán, que más tarde se convertiría en el Partido Nacionalsocialista. 
El interior de la Hofbräuhaus 

Aquí estoy subido al escenario de la impresionante sala superior de la Hofbräuhaus, donde Adolf Hitler daba sus discursos. Es simplemente espectacular.





Antes de finalizar esta primera entrega os dejo con una foto "histórica". En Múnich bautizaron a un calle como Hitlerstrasse, (ya hablaré de ella en el siguiente capítulo) . Cuando terminó la guerra cambiaron el nombre de todas las calles que tenían algún vinculo con el Nazismo, pero en vez de quitar las placas pusieron una pegatina encima. Debido a las inclemencias meteorológicas esa pegatina se ha despegado un poco. La guía nos apremió a sacar la foto al instante ya que cuando alguien lo denunciase sería tapada enseguida.
Se puede apreciar la H de Hitlerstrasse


   
La próxima semana más sobre Múnich y Adolf Hitler





CONTINUARA.........


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miércoles, 18 de diciembre de 2013

AQUELLO FUE ESPAÑA !!! LA ESPAÑA QUE HOY NO EXISTE !!!

HISTORIA MILITAR

Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios

MANUEL P. VILLATORO / MADRID
Día 16/12/2013 - 16.27h

En 1547, un grupo de soldados atravesó el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros

Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios
Cuadro de Carlos I en la batalla de Mühlberg pintado por Tiziano
Según la tradición, la Historia atesora los nombres de los reyes y oficiales, pero nunca los de los soldados que luchan en las batallas. Así pues, para ganarse un sitio en la memoria, los combatientes anónimos tienen que protagonizar alguna proeza que les garantice un hueco en los libros. Precisamente eso es lo que sucedió en la batalla de Mühlberg –antigua Sajonia- durante 1547, donde el ejército del Sacro Imperio Romano Germánico obtuvo la victoria gracias a once soldados españoles que, arriesgando sus vidas, cruzaron el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros.
Era rey entonces del trono hispano un entrado en años –y en achaques-Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, quién, desde 1519, lucía también orgulloso el título de Emperador. Eran, en definitiva, buenos tiempos para el joven rey, pues había conseguido unir bajo su ornamentado cetro los territorios de la actual Austria, Alemania, parte de Italia e, incluso, Bélgica (Flandes).

Un problema celestial

Con todo, y a pesar de que disponía casi de tantas regiones, su Majestad no disfrutaba de un minuto de respiro al tener que velar constantemente por su imperio. Así pues, ya fuera bajando los humos a «la France» en batallas como la de Pavía, o luchando en representación del catolicismo contra los turcos, lo cierto es que este belga de nacimiento siempre viajaba cargado con la espada, la armadura y el escudo.
Carlos I se encontraba también hasta su real bastón de mando de los problemas de culto que, desde Alemania, llegaban a su palacio día sí y tarde también. Y es que, a comienzos del siglo XVI se había extendido a lo largo y ancho de la región teutona el protestantismo, una escisión de la tradicional religión europea (el catolicismo) que rápidamente cautivó a una buena parte de la población germana y provocó varios enfrentamientos contra las tropas del emperador.
Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios
Carlos I en Mühlberg, por Tiziano
Sin embargo, estos pequeños combates no fueron más que el inicio de lo que, con el paso de los meses, se convirtió en una sangrienta guerra a espada y arcabuz entre los príncipes alemanes partidarios de Martín Lutero –el fraile que, mediante su dura crítica a la iglesia católica había motivado la aparición del protestantismo- y su Majestad Imperial.
Finalmente, la situación terminó de recrudecerse cuando los protestantes formaron una alianza defensiva en contra del catolicismo. «La intransigencia de los protestantes imposibilitó todo acuerdo con el Emperador, y la situación escaló cuando en (…) 1530 varios príncipes pro-luteranos se reunieron en la ciudad de Esmalcalda (Schmalkalden) y (firmaron) un tratado (…) que marcó el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”», explica Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V» de la colección «Guerreros y batallas» editada por «Almena».
No hubo nada más que apuntar. Hasta las fosas nasales como estaba, su imperial realeza declaró proscritos a Lutero, a los príncipes alemanes de la Liga y a todo bicho viviente notorio amante del protestantismo para después pertrecharse e iniciar camino hacia Alemania. De nada valieron los posteriores tratados; Carlos había tomado la decisión de derramar sangre.
«Cuando el emperador estuvo en condiciones de hacer frente a este problema –que hasta entonces sólo había podido atacar con conversaciones y acción política– (inició) una acción militar que pusiera freno a la imparable expansión de Lutero en Alemania. Para ello (…) ordenó la marcha de los suyos, desplegados por todos sus dominios», señala Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».

Primeros combates

Para dirigir a su ejército en esta aventura alemana, el emperador seleccionó en primer lugar a su hermano, Fernando I –rey de Hungría y Bohemia– y, en segundo término, al Duque de Alba(Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel).
La expedición imperial pisó Alemania varios meses después, aunque no en su totalidad, lo que provocó que el Duque de Alba tuviera que ingeniárselas para plantar cara y espada a los protestantes hasta la llegada de refuerzos. «Alba, nombrado generalísimo, inició una serie de marchas y contramarchas por las orillas del Danubio que consiguieron mantener en continua situación de inferioridad operativa al enemigo, que no se atrevía a presentarle batalla. Tras la llegada de los efectivos de los Países Bajos pasó a la ofensiva, ocupó varias ciudades y mantuvo un continuo hostigamiento sobre los protestantes», destaca Chao. Tal fue la efectividad del ejército de Carlos (formado, entre otros, por varios tercios españoles) que, en principio, los seguidores de Lutero se disolvieron.
Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios
Juan Federico, por Tiziano
Con todo, no hubo que esperar mucho hasta que los protestantes dieron de nuevo el arcabuzazo de salida a la guerra contra las tropas del Emperador. Concretamente, fue en 1547 cuando la Liga de Esmalcalda desenvainó de nuevo la espada bajo las órdenes de uno de sus miembros más destacables: el orondo príncipe elector de Sajonia, Juan Federico. Este, consiguió reunir bajo su mando un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y unos 5.000 jinetes.
Con sus tropas a punto y dispuestas para derramar sangre católica, Juan Federico avanzó sobre los territorios de Mauricio de Sajonia, un antiguo miembro de la Liga Esmalcalda que había traicionado a sus aliados y había acudido a refugiarse entre las enaguas del emperador bajo promesa de tierras, oro y quién sabe qué otras cosas. Fuera como fuese, lo cierto es que, en su marcha, el elector puso en serios aprietos los territorios del bando imperial.
Pero atacar fue el gran error de Juan Federico, pues el emperador, cansado de sus problemas con el protestantismo, enfundó su espada y reunió a su ejército para acabar de una vez por todas con las pretensiones de aquella insistente Liga de Esmalcalda. Carlos se movilizó decidido, esta vez, a no dejar viva a su presa y cortar el problema de raíz con su sable.
Así, entre marzo y abril de ese mismo año, el ejército imperial (en el que se encontraba también el resentido Mauricio) inició la marcha para dar caza a los protestantes en plena Sajonia. Al parecer, esto no gustó demasiado a Juan Federico, quien decidió poner botas en marcha con su ejército e iniciar la retirada desde Meiben (una pequeña ciudad ubicada a orillas del Elba en la zona sur-este de Alemania) a lo largo del cauce del popular río teutón.

Los ejércitos, orilla a orilla

Para desgracia del ancho Juan Federico, la huida no tuvo el efecto deseado y el contingente imperial terminó dando caza a los protestantes en Mühlberg, un minúsculo pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba(a menos de 8 kilómetros de Meiben). No obstante, la suerte no fue del todo esquiva con el elector de Sajonia, ya que ambos ejércitos se encontraron separados por el ancho río germano.
Con su enemigo en la orilla contraria, el protestante sabía que tendría una gran ventaja en la batalla que se avecinaba, pues si los soldados católicos trataban de cruzar el Elba se verían sacudidos por ráfagas constantes de plomo provenientes de sus arcabuceros. Sin embargo, esta superioridad estratégica no suplía la falta de soldados que sufría el bando luterano.

Juan Federico ordenó una veloz retirada ante la superioridad imperial

«En vísperas de la batalla la desproporción numérica entre los adversarios no podía ser más patente. Mientras queel príncipe elector contaba con 6.000 efectivos de infantería y 3.000 de caballería, el ejército imperial totalizaba 20.000 infantes y 6.000 caballos. Juan Federico había colaborado a crear tal desproporción enviando a la frontera (…) a (varios) contingentes y destacando guarniciones en distintas plazas (…), cayendo así en uno de los errores más fatales para un comandante: querer protegerlo todo con el resultado de dispersar sus fuerzas», explica Gavier en su obra.
Ante la superioridad insultante de los imperiales, el elector de Sajonia prefirió no apelar al honor y continuó con la estrategia que había usado durante las últimas jornadas: el sálvese quien pueda. Por ello, dictaminó en primer lugar destruir todos los puentes cercanos para evitar que los soldados enemigos pudieran cruzar el Elba y, a su vez, ordenó a un contingente de sus mejores arcabuceros tomar posiciones en un dique cercano al río y detener el avance enemigo en caso de que Carlos atravesara el agua con sus hombres.
Por otro lado, dispuso que las carretas de provisiones, la artillería y la infantería iniciaran una huida acelerada en dirección a un bosque cercano, lugar en el que los soldados imperiales tendrían serias dificultades para perseguirles. Finalmente, el orondo Juan Federico dio órdenes de que se desmontara y quemara un puente provisional de pontones que su ejército transportaba.

La heroicidad que valió una batalla

El calendario marcaba el 24 de abril cuando el contingente imperial, en el que se destacaban varios tercios españoles, marchó al son de los tambores y flautines en dirección al Elba. Concretamente, las primeras unidades en abrir fuego fueron la artillería y los arcabuceros que, bajola bandera del águila imperial de Carlos I, avanzaron hasta la orilla del río e iniciaron un bombardeo constante sobre las tropas enemigas ubicadas en la orilla contraria.
En cambio, y a pesar de que este fuego provocó varias bajas entre los protestantes, el bando católico seguía cargando a sus espaldas con un gran problema: era imposible cruzar el río. Y es que, la falta de puentes provocaba que la única forma de atravesar el Elba fuera zambulléndose en sus aguas, lo que suponía morir amargamente ante los arcabuceros enemigos.

Varios españoles robaron el puente de pontones protestante

Fue precisamente en ese momento de incertidumbre cuando varios arcabuceros españoles, haciendo acopio de toda su valentía y gónadas, tomaron una decisión que, a la postre, decantaría la batalla del lado imperial. «Al constatar que el fuego enemigo menguaba (…) once españoles se desnudaron y “con las espadas en las bocas” cruzaron a nado el río, apoderándose de los pontones enemigos tras doblegar a los defensores y apagar el fuego. En medio de la aclamación de sus camaradas, aquel puñado de valientes remolcó su presa a la orilla izquierda, poco después, el puente se hallaba armado un kilómetro aguas abajo», destaca el autor de «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V».
Así recordaba Carlos I en sus memorias este valeroso hecho: «Entonces el Emperador mandó a su General que hiciese adelantar los arcabuceros susodichos, que él encontró; los cuales luego volvieron al río, donde muchos entraron bien dentro, y se dieron tanta mano en disparar, que los adversarios, pese a la resistencia que hicieron con su arcabucería y artillería, fueron constreñidos a dejar los puentes que algunos arcabuceros españoles, lanzándose a nado con las espadas en las bocas, trajeron a la orilla donde estaban Sus Majestades».

Una sangrienta persecución

Horas después, el ejército imperial atravesó en su totalidad el ríoy, tras acabar con los escasos soldados protestantes que prefirieron combatir y morir por sus creencias a huir, el contingente aliado inició la persecución de Juan Federico. «La vanguardia (…) –integrada por 400 caballos ligeros italianos, y españoles, 450 húngaros, 100 arcabuceros a caballo españoles, 600 lanzas y 200 arcabuceros a caballo de Mauricio de Sajonia y 220 hombres de armas de Nápoles- avanzaba paralelamente un par de kilómetros al este (de los protestantes). En cuanto al grueso imperial, seguiría (…) la ruta tomada por el enemigo», completa Gavier en su obra.
Perseguidos y acosados, sólo era cuestión de tiempo que los soldados de Juan Federico perecieran a manos de la vanguardia católica, por lo que, en un intento desesperado de retrasar el avance enemigo, el elector de Sajonia ordenó a su caballería hacer una última carga contra el contingente imperial. Así pues, con las lanzas en ristre y el convencimiento de que era imposible vencer, los jinetes protestantes se abalanzaron contra los hombres del Duque de Alba y Mauricio de Sajonia. Sin embargo, poco pudieron hacer ante una fuerza superior en número y, tras perecer a cientos de sus camaradas, acabaron girando las riendas de sus caballos y huyendo. Con todo perdido, los restos del poderoso ejército de la Liga de Esmalcalda fueron capturados por los hombres de Carlos I.
Aquella jornada fue, además, infausta para los protestantes, pues tuvieron que llenar entre 2.000 y 3.000 ataúdes con los cadáveres de sus compañeros. Mientras, el bando imperial apenas tuvo que lamentar una veintena de fallecidos y pudo jactarse de haber apresado a casi todos los supervivientes enemigos tras la contienda. Tan abrumadora fue la victoria, que provocó el fin de la guerra entre ambos bandos.

El curioso destino del elector

M. P. VILLATOROMADRID
Durante aquella infausta batalla fueron muchos los oficiales protestantes capturados por el bando católico pero… ¿Qué sucedió con el príncipe elector de Sajonia? Una vez finalizada la contienda, y después de que los soldados protestantes fueran capturados y despojados de sus riquezas y armas, Juan Federico trató de salvar la vida huyendo a lomos de su rocín. Sin embargo, su oronda figura se lo impidió.
«El (…) príncipe elector (…) intentó huir (…). Sin embargo, su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón; en el bosque de Schweinert (…) Juan Federico fue interceptado por una partida de caballería y, tras ofrecer dignamente un conato de lucha durante el que sufrió una cuchillada en la mejilla izquierda, terminó rindiéndose», señala Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V». Finalmente, el líder de la Liga Esmalcalda fue encarcelado por su traición al Emperador.-
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martes, 10 de diciembre de 2013

POESIA FASCISTA


écrivains

« Beaucoup d'écrivains furent séduits par le fascisme comme par un mouvement lyrique où se mêlaient le chant et la volonté. Pour Drieu le Rochelle obsédé comme tout barrésien par l'empire de la décadence, le fascisme était le ressort qu'il avait d'abord attendu de Moscou ; le mystérieux ressort qui tout à coup suspendait le cours du déclin. Pour Brasillach le fascisme n'était pas une opération politique mais un vaste courant de symboles, issue d'une culture secrète plus vraie que celle des livres. Il avait transformé le fascisme en poésie nationale et Mussolini en un chantre qui, ayant éveillé la Rome immortelle, lance de nouvelles galères sur le Mare Nostrum. Autres poètes magiques : Hitler qui célèbre les nuits de Walpurgis, les fêtes de Mai et qui apparaît à Brasillach dans une guirlande de chanson de marche et de myosotis, de dures branches de sapin aussi, avec une escorte de jeunes cueilleuses de myrtilles aux belles nattes, toutes fiancées à des SS descendus du Venusberg. Même Codreanu est un poète grâce à la légion de l'archange Michel. La rose et l'épée s'entrelacent autour des guerriers de Primo de Rivera. Jusqu’à la Belgique qui devient poétique grâce à Degrelle, par qui souffle la fraîche inspiration des Ardennes. Au vent de l'histoire, les feuillages sombres du Venusberg et des Ardennes, la houle d'oliviers espagnols tout prêts à devenir des lauriers frémissent du même mouvement que le chêne de Saint-Louis, les cèdres des croisades et les vagues de l'Atlantique engloutissant Mermoz ».

Jacques Laurent. Histoire égoïste.
 Table Ronde.
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ÚLTIMOS ESCRITOS Y DISCURSOS DE GIOVANNI GE

ÚLTIMOS ESCRITOS Y DISCURSOS
DE GIOVANNI GENTILE
24 de junio 1943- 15 de abril  1944
OTRO INTELECTUAL FASCISTA ASESINADO POR LOS ROJOS



Cuando la noche del 15 de abril me fue dada la dolorosa noticia de que Giovanni Gentile había sido asesinado traicioneramente, la primera palabra que dije, tomado por una profunda angustia, a quien estaba, lejano, al otro lado del teléfono, fue: ¡No es posible, no es cierto! ¡No debería serlo! Pero el enemigo había querido cometer una infamia sin nombre, había querido ensuciarse con uno de los más oscuros delitos que la historia recuerda. El enemigo no había vacilado al dar la orden de asesinar también a este italiano, consciente de la permanente grandeza de la nación y convencido, desde el primer día de la traición, de la necesidad de trabajar, con todas sus fuerzas físicas y espirituales, para que el pueblo italiano se volviese a poner en pie, y marchase de nuevo hacia su destino. Así, las manos sacrílegas, que han golpeado hasta la muerte a Giovanni Gentile, han privado a la Nación de uno de sus ciudadanos más fieles, a la cultura italiana y europea de uno de sus más elevados representantes, a la escuela de su más grande Maestro, al mundo de un filósofo, entre los más profundos.


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lunes, 25 de noviembre de 2013

MISHIMA NACIDO EN 1925-SE SUICIDO POR LA LIBERTAD DE SU NACION -JAPON -


                                   



********** Ecrivain mondialement connu et reconnu se donnait la mort après avoir envahi le QG de l'Armée pour tenter un coup d'Etat nationaliste. Né en 1925, Mishima est diplômé en droit. Après s'être fait remarqué par son premier roman publié en "Confessions d'un masque", qui est un ouvrage autobiographique Mishima bâtit une œuvre dense, variée et riche de valeurs essentielles.

Mishima c'est d'abord le culte du corps, de la force et de la beauté de celui-ci. Une part importante de ses ouvrages reflète ce culte mais c'est dans "Le Soleil et l'Acier" que ressort pleinement l'importance qu'il accorde à la force physique ! Culte qu'il ne se contentera pas d'énoncer mais qu'il mettra en pratique avec ardeur pour compenser sa faible constitution initiale : à force de pratiquer la musculation et les arts martiaux, il obtiendra dans ses dernières années un parfait corps d'athlète. Mishima c'est aussi l'adoration du Soleil. Toujours dans son livre "Le Soleil et l'Acier", il précise l'importance qu'il accorde à cet élément qu'il voit comme essentiel, qui est celui qui tanne la peau et la fortifie, cet "observateur tout puissant, témoin ardent de tous les évènements terrestres".
Un des éléments majeurs de la vie et de l'œuvre de Mishima c'est le culte de la Tradition japonaises et de l'Empire. Il fut un grand admirateur de la tradition japonaise classique et des vertus des samouraïs. Dans un grand nombre de ses œuvres (notamment "Le Japon Moderne et l'Ethique Samuraï"), il a dénoncé les excès du modernisme. Mais ses idéaux ne furent en aucun cas confinés à son écriture puisqu'il les mit en action et tenta de les faire aboutir au sacrifice de sa vie. Il créa en effet une milice personnelle, la Tate no Kai, (littéralement "Société du Bouclier") dans le but de défendre l'esprit japonais. Avec trois de ses membres, il tentera un coup d'Etat le 25 novembre 1970 en pénétrant dans le QG de l'Armée de terre et en prenant un général en otage. Le lieu était à l'époque symbolique de l'abaissement du Japon voulu par les USA puisque c'est là qu'avait siégé quelques années auparavant le Tribunal militaire international de Tokyo, équivalant du Tribunal de Nuremberg qui jugea, en 1946, comme "criminels de guerre" les chefs militaires japonais. Il entendait protester contre la corruption spirituelle de son pays et son inféodation aux USA. Barricadé dans un bureau, Mishima lança un appel aux soldats rassemblés à ses pieds. Il les exhorta à se soulever pour changer la Constitution pacifiste imposée par les Américains, afin de redonner au Japon une Armée digne de ce nom et lui permettre de retrouver sa grandeur.
Face à l'incompréhension et les huées des soldats, il décida de se donner la mort selon la tradition des guerriers japonais en réalisant un seppuku, c'est-à-dire en s'ouvrant le ventre au couteau. Il le fit torse nu avec un bandeau devise des samouraïs sur la tête : Shichishoh Hohkoku ("Sers la nation durant sept existences"). Après plusieurs minutes d'agonie, et conformément à sa volonté, il fut décapité d'un coup de sabre par son compagnon de combat, Morita, qui s'éventra à son tour. Aujourd'hui, certains spécialistes affirment : "Ce qu'il a fait peut paraître absurde mais beaucoup de Japonais pensent qu'il avait raison et partagent avec lui l'idée que le Japon a oublié l'esprit de la nation" !
( Source : http://www.coqgaulois.com/Mishima.html )
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sábado, 9 de noviembre de 2013

LES PIEDS DANS LE BOUE.........

Les pieds dans la boue…




« Comme la première fois à Heidelberg, j'eus le sentiment douloureux et fier d'être plus étroitement attaché à ma patrie par le sang que j'avais versé pour sa grandeur. Et -pourquoi le tairais-je ?- à la pensée de tous les exploits dont j'avais été le témoin, je me mis à pleurer à chaudes larmes. J'étais parti en campagne avec l'idée de faire une guerre joyeuse ; je n'avais pas approfondi l'idée pour laquelle j'allais me battre. Maintenant je regardais en arrière : quatre années de croissance passées au milieu d'une génération destinée à la mort, dans des cavernes, dans des tranchées noires de fumée, dans des champs d'entonnoirs remplis d'éclairs, quatre années coupées seulement par les maigres joies du lansquenet, des nuits sans fin dans lesquelles les gardes succédaient aux gardes -bref un monotone calendrier plein de peines et de privations, partagé par les lettres rouges des batailles. Et de tous ces sacrifices s'étaient dégagée, sans même que je m'en fusse aperçu, l'idée de patrie toujours plus pure et plus brillante. C'était ce que j'avais gagné à ce jeu dont le gage avait, si souvent, été mon existence même : la nation n'était plus pour moi un concept vide, et voilé par des symboles -comment aurait-il pu en être autrement, alors que j'en avais vu tant mourir pour elle et que j'avais moi même été dressé à risquer ma vie pour son existence, sans hésiter, à toute minute du jour ou de la nuit ? Ainsi, si étrange que cela puisse paraître, de ces quatre années passées à l'école de la violence, de toutes les fureurs de la bataille de matériel, je rapportais précieusement cette notion que la vie ne reçoit son sens profond qu'engagée pour une idée ; qu'il y a des idéals auprès desquels la vie de l'individu, et même la vie de tout un peuple, sont sans importance. Si le but pour lequel j'ai combattu comme individu, comme atome, dans le corps de l'armée ne devait pas être atteint non plus ; si, en apparence, la matière nous avait jetés à terre -qu'importe. Nous avons toujours appris, comme il convient à des hommes, à combattre pour une cause et, au besoin, à mourir pour elle. Durcis au feu et à la flamme, nous avons pu, au sortir de cette forge du caractère, aborder la vie, l'amour, la politique, la carrière, tout ce que nous réservait la destinée, dans des conditions qui ont été données à bien peu de générations.
Si on devait nous reprocher un jour d'être issus d'une époque de rudesse et de violence, nous répondrions : nous avons combattu les pieds dans la boue et dans le sang ; mais notre visage était tourné vers des choses d'une grande et haute valeur. Et aucun des innombrables que nous avons perdus, au cours de notre assaut, n'est tombé en vain ; chacun d'eux a rempli sa destinée. A chacun d'eux s'adresse cette parole, de Saint Jean que Dostoïevski a mis en tête de son grand roman :
« En vérité, en vérité je vous le dis : si le grain tombé en terre ne meurt pas, il demeure seul ; mais s'il meurt, il porte beaucoup de fruits. » »
Ernst Jünger. Orages d'Acier. Payot.
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viernes, 1 de noviembre de 2013

LA CORTE LITERARIA DE JOSE ANTONIO, DE MONICA Y PABLO CARRBAJOSA.-


Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.
Finales de los 20, comienzos de los 30. En España nace una nueva fuerza política: la juventud. Se claman cosas como: un joven puede ser comunista o fascista, lo que no puede es servir a la clase media. Se escriben frases del tipo: la juventud española ha de saludar a la República, sin duda, para enseguida ponerse a la tarea de conquistarla, para hacerla viril, joven, violenta. En unos años, unos se pegarán con los otros, pero de momento, ahí están, en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero, el comunista César Arconada y el fascista Ledesma Ramos. Giménez Caballero es el vanguardista 24 horas al día que va a Roma y se cae del caballo veloz de las vanguardias y se enamora de las camisas negras de Mussolini y de la nueva arquitectura fascista (Terragni había conseguido una obra maestra con la Casa del Fascio). De repente, su producción enérgica de los 20, llena de disparate y velocidad, con títulos como  Hércules jugando a los dados y Yo, inspector de alcantarillas, se vuelve dramáticamente pomposa. Primero le dedica un libro a Azaña, proponiéndole que sea nuestro duce. No hay quien se lo crea. Luego estruja sus convicciones en Genio de España. También escribe una estética fascista titulada Arte y Estado y busca correspondencias españolas con la Italia que tando admira: ellos tienen a Croce, nosotros a Unamuno, ellos a Marinetti, nosotros a Gómez de la Serna; ellos a Papini, nosotros a Baroja... y así. En las calles ya no son tan amigos. Alberti entraba en La Gaceta Literaria y, para cachondearse de Giménez Caballero, le saludaba a la romana. Santa Marina iba a rendir homenaje al rojo Alejandro Casona por el éxito de su Nuestra Natacha. Pablo Neruda firmaba en el banquete que se le ofrecía a Foxá por la publicación de El toro, la muerte y el agua. Poco después, se acabaron las gracietas y los compadreos.
Todo aquel ambiente previo a la Guerra Civil está muy bien definido en Las armas y las letras, el imprescindible libro de Andrés Trapiello, que crece en cada nueva edición y cuyo tema es precisamente qué hicieron todos los actores de nuestra vida cultural durante la guerra civil, lo que lleva inevitablemente al autor a dedicar unas cuantas líneas a contar qué hacían antes del estallido de la guerra y en qué posición quedaron cuando la guerra acabó. Por supuesto en ese libro abundan los falangistas. Para José Antonio, como se sabe, la literatura era un hobby: escribió sonetos y una novela adolescente que lo acompañó a la cárcel y acabó en manos de Indalecio Prieto. Le gustaba rodearse de escritores, regentó una tertulia en La Ballena Alegre.
Quiere la leyenda que Falange se quisiera un movimiento poético, muy al modo futurista de Marinetti, que llegó a fundar el Partido Futurista, que luego acabó zambullido en el partido fascista de Mussolini. Poetas había, sin duda, pero no tenían nada de vanguardistas. El más vanguardista de los brotes del fascismo en España fue Giménez Caballero, que le tenía una antipatía natural a José Antonio y no tragaba apenas al lugarteniente de éste, Rafael Sánchez Mazas. Tanto Mazas como Foxá eran más escritores de la nostalgia burguesa y, aunque el primero escribió un libro incendiario titulado España-Vaticano en el que venía a decir que la mejor manera de no dejar que el Vaticano le dictase nada a España era conseguir que España se lo dictase todo al Vaticano, no parece que, literariamente, en lo que escribían, calase mucho las convicciones vanguardistas de la primera hora de Falange. Esas convicciones sí que resplandecen aún en la última  novela vanguardista de aquella hora: Hermes en la vía pública, del excelente Antonio de Obregón, autor además de otra exquisitez titulada Efectos navales y de un buenísimo libro ultraísta titulado El campo. La ciudad. El cielo.
Una cosa diferencia, literariamente, a falangismo y comunismo: el comunismo podía inyectarse en los poemas, hacer de ellos una vía (libros de Alberti, de Plá Beltrán); el falangismo, raramente (sólo tenemos los patéticos Poemas de la Falange eterna de Federico de Urrutia, otros libros de autores falangistas no son libros falangistas, así los de Dionisio Ridruejo o Vivanco o de Luis Rosales, quizá sólo cabría que mencionar Altura, de José María Castroviejo). ¿Hubo pues una literatura falangista? Sin duda, la hubo, una de sus muestras más altas es Javier Mariño de Torrente Ballester, que fue repudiada por la Iglesia y las autoridades franquistas, cuando el falangismo fue desviado de intenciones revolucionarias para convertirse en mero espejismo utilizado por el franquismo. En Javier Mariño, Torrente se las arregla para retratar el nacimiento de una fe. Otras obras narrativas, de mucha menor importancia y potencia, pueden ser la novela  lírica de García SerranoEugenio o la proclamación de la primavera (título que homenajea por cierto al de un comunista como Sénder, que escribió años antes Proclamación de la sonrisa), Leoncio Pancorbo de José María Alfaro y Camisa azul del ex vanguardista Ximénez Sandoval. Otros camisas azules supieron refugiarse en otras vías, nostalgias como Sánchez Mazas o Foxá, o fantasías como Cunqueiro y Angel María Pascual. Giménez Caballero, ambicioso como él solo, disparató todavía más que en sus años de vanguardia: lo acabaron mandando de embajador a Paraguay. Pero si hay un libro donde mejor se expresa todo ese "pensamiento fascista" que caló tanto en un sector de la juventud intelectual de los años 30, ese libro es, como bien apunta José Carlos Mainer, Vida de Sócrates de Antonio Tovar.
El libro de Mainer, Falange y Literatura, se publicó en 1971. Abrió caminos y 



 deparó dos grandes estudios: La corte literaria de José Antonio de Mónica y Pablo Carbajosa y Vanguardistas de camisa azul de Mitchit Albert. Ahora RBA lo reedita, o mejor dicho, edita una reelaboración de aquel ensayo seguido de una antología de textos literarios falangistas. Curiosamente en la edición original, el estudio era un andamio, resultaba más importante la antología que le seguía: ahora sucede al contrario, el estudio es magistral, está lleno de detalle y economía, la antología es casi un apéndice, una ilustración parasitaria del gran ensayo que las precede.

Constelación de Giménez Caballero.
Estudia Mainer las raíces orteguianas de la ideología falangista, el modo en que esa ideología juvenil y revolucionaria acabó desactivándose cuando los jóvenes -alguno no era tan joven al comenzar toda esta danza- dejaron de serlo y se ganó la guerra. Se detiene en una figura tan compleja e interesante como la de Dionisio Ridruejo, decepcionado enseguida de volver de Rusia, capaz de escribirle una carta a Franco diciéndole cómo se estaban traicionando los principios revolucionarios. Está, en fin, lleno de pistas y sabiduría, además de estar escrito con excelente prosa: un ejemplo de maestría crítica. Mainer publicó su Falange y Literatura con 25 años. Ahora, 42 años después, aquel mítico tomo de cubierta azul mahón que salía en una España en la que los intelectuales miraban con mucha suspicacia cualquier intento de regalarle atención a los escritores falangistas, se ha convertido en un tocho que importa no sólo porque  importa, sino también porque generó algunos rescates inapelables, como el de Sánchez Mazas, autor de una de las mejores novelas de su época, Rosa Krüger. El editor de esa novela fue Andrés Trapiello que, memorablemente, sentenció acerca de algunos de los protagonistas del libro de Mainer, que "ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura". FIN

Pilar Primo de Rivera y su boda frustrada con Hitler



 
Si el descabellado proyecto de casar a la hermana predilecta de José Antonio nada menos que con Hitler hubiese tenido éxito, la historia hispano-alemana sería probablemente hoy muy distinta. En «La pasión de Pilar Primo de Rivera» (Plaza y Janés) sale a relucir este insólito episodio y otros muchos desconocidos que, tras acceder por vez primera al archivo personal de la directora de la Sección Femenina, sorprenderán sin duda a los lectores. Pero centrémonos en la que fue, según el escritor falangista Ernesto Giménez Caballero, la novia de Hitler.
Giménez Caballero quedó deslumbrado por la belleza y simpatía de Magda Goebbels. Se la presentó su buen amigo, el filólogo e hispanista Arturo Farinelli. Tuvo ocasión así de charlar con ella durante el Congreso de Autores Europeos, celebrado en la ciudad alemana de Weimar del 23 al 26 de octubre de 1941. Dos meses después, Magda le invitó a su casa de Berlín, donde él confió abiertamente a la atractiva anfitriona «las posibilidades de reanudar lo que se interrumpiera con Carlos II el Hechizado y se malograra con aquel archiduque de Austria, Carlos, que nos costaría Gibraltar». En definitiva: «Una nueva dinastía hispano-austriaca».
Magda le prometió informar de él a su marido, e incluso al mismo «Führer», pues le había interesado extraordinariamente su exposición. El escritor asegura que regresó a España para informar a Franco, en El Pardo, de su encuentro privado con la esposa de Goebbels; acto seguido se puso en contacto con el Vaticano, donde interesó mucho aquello de que «había que catolizar a Hitler». Durante la cena en casa del matrimonio Goebbels, Giménez Caballero llevaba consigo, como regalos, un capote de luces para el ministro de Educación y Propaganda, unas delicadas figuritas de nacimiento modeladas por el escultor murciano Antonio Garrigós y Giner para los hijos de la pareja, y un ejemplar de «Genio de España», cómo no, para el «Führer», con dedicatoria y todo.
Magda y Joseph tenían seis hijos. Hitler había condecorado a Magda como «la mejor madre del Tercer Reich», y los miembros del clan formaban la familia aria ideal para el pueblo alemán. Como ya es sabido, tras la caída del régimen nazi, cuatro años después de su encuentro con el intelectual español, Magda Goebbels envenenó a toda su prole y luego se suicidó junto a su esposo. Giménez Caballero evocaba así aquella velada: «Antes de sentarnos a la mesa, durante los aperitivos, enseñé al pequeño y cojito jerarca del propagandismo germánico a manejar el capote, el modo de ceñirlo para el paseíllo y de veroniquearlo. Y a los niños les monté un Belén junto a la chimenea. Magda estaba radiante y conmovida. Durante la cena les conté chistes al modo madrileño y cuentos y cosas de España, definiendo a Franco como un nuevo Cisneros (el propio Caudillo le nombraría embajador en el Paraguay en 1958), cuya figura y destino de instaurador imperial les expliqué apasionadamente. Y nuestro posible porvenir común. Estaban fascinados escuchándome». Y continúa: «Antes de terminar los postres, el «Führer» avisó a Goebbels con urgencia. Le entregué mi libro para él y le rogué que lo tradujeran y publicaran enseguida, a ser posible en la editorial Diederichs de Jena, que estaba muy interesada [...]. Goebbels abandonó la mesa antes del café».
Y entonces, solos Magda y él, tuvo lugar una histórica conversación de la que únicamente queda constancia por el propio Giménez Caballero. Magda Goebbels le hizo pasar a su salón privado, donde ardía una chimenea que ella atizaba de vez en cuando mientras charlaban. La mujer se acomodó frente a él en un sofá. El escritor decía que ella le escuchaba embelesada pero, a juzgar por su detallada descripción de la anfitriona, parecía más bien todo lo contrario: «Cabellos rubios como el sol, que portaba con trenzas entrecruzadas, sobre la nuca. Ojos de lago. Y un vestido negro de terciopelo, hasta ocultarle los pies. Sólo una perla sobre el nácar de su garganta, como un símbolo venusto».
La señora Goebbels le dijo, al parecer:
-Esto, ¿lo sabe alguien más aquí?
-Sí. Otras dos damas –repuso él–.
-¿Quiénes son?
-Una, la que fuera embajadora de Alemania en Salamanca, Edith Faupel, hoy escarmentada de su fracaso allá, por la «solución Hedilla».
-No conozco esa solución. ¿Quizá para conducir nosotros la guerra de España?
-Más o menos. Haciendo de Hedilla, sencillo obrero santanderino y un buen hombre, el heredero de José Antonio Primo de Rivera. Otro día se lo contaré, pues viví aquello de cerca y por eso me estima mucho Frau Faupel.
-¿Y la segunda dama? –preguntó Magda–.
-Suzanne Diederichs, la esposa del editor que va a publicar mi «Genio de España», prologado por Von Papen.
-Mejor que no insista con ellas.
El interlocutor sacó a relucir de nuevo la urgente reanudación de la estirpe hispano-austríaca que propiciaría un armisticio en Europa, con un enlace tradicional y revolucionario al tiempo.
-¿Y cuál sería la candidata a emperatriz? –inquirió la esposa de Goebbels–.
-Sólo podría ser una –sentenció Giménez Caballero–. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia... Sólo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!...
Magda enmudeció. De pronto, sus ojos se humedecieron, y no porque hubiese tomado alguna que otra copa de licor, que lo hizo, sino de incontenible emoción. Cogiendo de las manos a su invitado, le susurró:
-Su visión es extraordinaria... Su misión también... Y además, audaz y concreta...
Y añadió:
-Mi marido está encantado con usted. Y el «Führer» desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible...
-¡Sería posible...! –exclamó él, entusiasmado.
-Sería posible, si Hitler no tuviera un balazo en un genital, de la primera guerra, que le ha invalidado para siempre... Imposible, gran amigo, imposible. ¡No habría continuidad de estirpe!
-¿Y Eva Braun?
-Un piadoso enmascaramiento para la galería...
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