En 1530 la ciudad italiana de Bolonia acogió una de las ceremonias más fastuosas del Renacimiento: la coronación de Carlos V como emperador, de manos del papa Clemente VII. El sueño de una monarquía universal parecía haberse realizado
En 1548, Tiziano retrató al emperador Carlos V vestido con armadura de gala, un óleo hoy desaparecido del que sólo se conserva esta copia realizada por Rubens en 1603. Museo Histórico Alemán, Berlín.
Foto: AKG/Álbum
en el año 1529, Carlos V pudo al fin realizar lo que había sido un sueño desde el principio de su reinado: viajar a Italia. A finales de julio zarpó de Barcelona y, tras desembarcar en Génova el 12 de agosto, se encaminó a Bolonia, doscientos kilómetros al este. A su llegada, el 5 de noviembre de 1529, en la puerta de la ciudad le esperaban veinticinco cardenales, casi todos ellos vástagos de los más ilustres linajes italianos. Al ver al monarca desmontaron de sus cabalgaduras y se inclinaron en señal de pleitesía. Para la mayoría de ellos, al igual que para el papa Clemente VII, miembro de la poderosa familia florentina de los Médicis, que también se encontraba en la ciudad, esto suponía una insufrible humillación. Dos años antes, en 1527, los soldados alemanes de Carlos habían saqueado brutalmente la Ciudad Eterna, en el episodio conocido como Saco de Roma. El propio pontífice había tenido que refugiarse en el castillo de Sant’Angelo para salvar la vida y se había visto obligado a pagar 400.000 ducados por su rescate y absolver a los saqueadores. Como los patriarcas del Antiguo Testamento, Clemente decidió dejarse crecer la barba en señal de duelo perpetuo. Pero ahora el papa y los cardenales estaban todos en Bolonia a fin de satisfacer el gran deseo de Carlos V: ser coronado emperador.
Este grupo escultórico, en el palacio de gobierno de Florencia, muestra a Clemente VII colocando la corona imperial sobre la cabeza de Carlos V. 1540. Foto: AKG.
En realidad, Carlos V era emperador desde hacía once años. En 1519, a la muerte de su abuelo Maximiliano I, fue elegido como su sucesor por los siete grandes electores del Sacro Imperio Romano Germánico. Las intrigas de sus enemigos –desde los reyes de Inglaterra y Francia hasta el papa del momento, el Médicis León X, y otros príncipes alemanes– no pudieron nada frente a los 800.000 florines con los que los ministros de Carlos sobornaron a los electores. El 28 de junio de 1519 éstos se reunieron en la ciudad de Fráncfort para designar a Carlos de Habsburgo como «rey de romanos».
Aunque este título lo convertía tan sólo en rey de Alemania, en la práctica comportaba el reconocimiento de los poderes imperiales.
Pero la elección debía ir seguida por una ceremonia de coronación; más exactamente, por tres ceremonias. La primera, la coronación como «rey de romanos», tenía que celebrarse en la capilla Palatina de Aquisgrán, la antigua capital imperial, donde al emperador electo se le imponía la corona de Carlomagno y se le hacía entrega de su espada junto con las otras insignias imperiales: el anillo, el orbe y el cetro. De este modo lo hizo Carlos V el 23 de octubre de 1520. La segunda coronación era la de «rey de los borgoñones» o «rey de Italia», y no tenía un lugar establecido, mientras que la tercera, la de imposición por parte del papa de la corona imperial propiamente dicha, estaba previsto que tuviera lugar en Roma, como habían hecho Carlomagno y muchos de sus sucesores.
Sin embargo, pasados varios años desde su elección, Carlos V aún no se había coronado como rey de Italia ni como emperador propiamente dicho. No era una situación excepcional. La coronación imperial de manos del papa había caído en desuso desde hacía tiempo, y, por ejemplo, el propio abuelo de Carlos, Maximiliano I, nunca se coronó en Roma. Pero a diferencia de sus antepasados, cuyo campo de acción había quedado circunscrito al ámbito germánico, Carlos tenía aspiraciones más amplias. La fabulosa herencia territorial recibida de sus ascendientes españoles, borgoñones y germanos lo había convertido en el soberano más poderoso de la Cristiandad, una posición confirmada con éxitos militares tan espectaculares como el de la batalla de Pavía, en 1525, que le valió el dominio sobre el norte de Italia.
Casco de combate de Carlos V realizado en 1533. Real Armería, Madrid. Foto: Art Archive.
Carlos aspiraba a hacer realidad su lema, Plus ultra, «Más allá», y convertirse en un gobernante verdaderamente universal, como le susurraba su canciller, Mercurino Gattinara: «Dios, el Creador, os ha concedido la gracia de elevar Vuestra dignidad por encima de todos los reyes y príncipes de la Cristiandad, al convertiros en el mayor emperador y rey desde la partición del Imperio de Carlomagno, y os ha indicado el camino hacia la justa monarquía universal a fin de unir el orbe entero bajo un único pastor». De ahí la importancia que revestía para Carlos el hecho de ser coronado como emperador por el papa, un acto que sería posible dos años después del Saco de Roma, cuando Clemente VII y Carlos V sellaron su reconciliación mediante un tratado firmado en Barcelona.
CAMINO DE BOLONIA
En las negociaciones de ese tratado, tanto al papa como al emperador les importaban ante todo las cuestiones políticas –el dominio sobre territorios clave como Nápoles, Milán o la Romaña–, pero Carlos no dejó escapar la ocasión para obtener del papa el compromiso de coronarle emperador. Ambos entendieron que la ceremonia no podía celebrarse en Roma, pues las heridas del Saco seguían abiertas. Por ello eligieron como sede de la ceremonia Bolonia, una ciudad perteneciente a los Estados Pontificios pero que estaba próxima al ducado de Milán, ahora en manos de los españoles.
Para acoger el acontecimiento, la ciudad fue sometida a una profunda transformación, con el objetivo de convertirla durante unas jornadas en una réplica de Roma.
Carlos V decidió que su coronación imperial tuviera lugar en la ciudad italiana de Bolonia. Arriba, a la izquierda, la catedral de San Petronio, escenario de la coronación, y en el centro, el Ayuntamiento. Foto: Sandra Raccanello.
Clement e VII llegó el 23 de octubre de 1529 y fue recibido por una serie de arcos triunfales, con escenas del Antiguo Testamento que simbolizaban el acuerdo entre la Iglesia y el Imperio como garantía de la paz. La entrada de Carlos V, diez días más tarde, fue aún más espectacular. Se trató de una verdadera entrada triunfal, al modo de los antiguos emperadores romanos cuando volvían de sus campañas militares victoriosas. En la puerta de San Felice se levantó un arco con triunfos de Neptuno y Baco e imágenes de los más grandes emperadores, Julio César, Augusto, Tito y Trajano, así como estatuas de generales romanos como Escipión el Africano. En otro arco se evocaba a Constantino –el primer emperador cristiano– y a Carlomagno.
Los actos de coronación, sin embargo, se demoraron casi cuatro meses, en parte a causa de la insistencia de Carlos en hacerlos coincidir exactamente con su trigésimo aniversario. De este modo, no fue hasta el 22 de febrero de 1530 cuando el papa colocó sobre sus sienes la «corona de hierro» de los lombardos, llamada así por incorporar una banda de hierro hecha supuestamente a partir de un clavo usado en la crucifixión de Cristo. La ceremonia por la que Carlos fue coronado como «rey de los borgoñones» o «rey de Italia» se celebró con gran solemnidad, pero casi en privado, para no restar esplendor a la tercera coronación prevista para dos días después, el 24 de febrero, fecha del cumpleaños del césar.
El lugar elegido fue la iglesia de San Petronio, habilitada para la ocasión como si se tratara de la basílica de San Pedro. En previsión de la multitud que llenaría a rebosar la plaza situada frente al templo, se levantó un puente de madera que unía el palacio Pubblico, donde se alojaban el pontífice y el emperador, con la escalinata de la basílica. El día convenido, Carlos desfiló por ella ricamente ataviado llevando en la cabeza la corona de hierro. Le precedían cuatro grandes títulos de la nobleza romano-germánica, los duques de Saboya, Urbino y Baviera, y el marqués de Monferrato, portando las insignias imperiales: la corona de oro, la espada, el orbe y el cetro. Sostenía la cola de su manto el conde de Nassau. Justo después de pasar éste, la pasarela se hundió, provocando al menos tres muertos y numerosos heridos graves; incidente que muchos interpretaron como signo de mal augurio, un castigo de Dios por el Saco de Roma.
Orbe imperial realizado con plata, oro y piedras preciosas. Datado en el último cuarto del siglo XII. Museo de Historia del Arte, Viena. Foto: E. Lessing.
Al entrar en la iglesia, Carlos fue investido como canónigo de San Pedro. A continuación el cardenal Farnesio, que pocos años después se convertiría en el papa Paulo III, le ungió con los santos óleos, signo del carácter sagrado de su nueva condición. Ya en el altar mayor, erigido para la ocasión a imitación del de la basílica de San Pedro, el pontífice le entregó la espada que le confería «los derechos de la guerra», imponiéndole así la obligación de tomar las armas para la defensa de la fe. Acto seguido colocó el cetro en la mano izquierda del soberano, y en la derecha, la esfera dorada que representaba al mundo, símbolo de que le entregaba «el imperio del orbe». El ritual culminó cuando Clemente VII ciñó sobre su cabeza la diadema de oro de los emperadores, conocida también como la corona de los césares.
Coronación del emperador Carlos V por el papa Clemente VII en Bolonia. Plato de fayenza. 1530. Museo Cívico, Bolonia. Foto: E. Lessing.
GLORIA Y DECLIVE
Concluida la ceremonia en el interior del templo, el pontífice y el emperador emprendieron un solemne desfile a caballo y bajo palio a través de las principales calles de la ciudad. En la iglesia de Santo Domingo, que hacía las veces de la basílica romana de San Juan de Letrán, Carlos fue nuevamente investido como canónigo. Para concluir la jornada, las comitivas papal e imperial se dieron encuentro alrededor de la mesa, en un fabuloso banquete celebrado en el palacio Pubblico. Mientras tanto, en la plaza adyacente, la población congregada para el acto se deleitaba con un buey asado para la ocasión y el vino que manaba sin cesar de una inmensa fuente repleta de símbolos imperiales y presidida por la figura de Hércules, el antepasado mítico de los reyes de España.
La coronación de Bolonia colmó las ambiciones de Carlos V.
La Cristiandad lo había aclamado como heredero de los antiguos césares y había reconocido su hegemonía en el concierto político europeo, su «dominio universal», según sus propagandistas. Los años venideros ratificarían su predominio en Europa. Nada más abandonar Bolonia, Carlos se dirigió a Augsburgo, en el sur de Alemania, para presidir una dieta de los príncipes y ciudades del Imperio; ante la división entre católicos y protestantes, impuso una solución que estuvo a punto de poner fin al conflicto religioso. Asimismo, su implicación en la lucha contra el Islam culminó en una de sus campañas más brillantes, la toma de Túnez en 1535.
Sin embargo, pronto quedó claro que una cosa eran los honores y otra bien distintala dura realidad de una Europa de equilibrios precarios, en la que sus gobernantesse resistían a aceptar la supremacía de una autoridad superior como la que el emperador reclamaba. Fueran los príncipes alemanes, reacios al acuerdo de Augsburgo, el rey de Francia, con sus deseos de poner un pie en el norte de Italia, o los turcos otomanos, dispuestos a impedir que el Mediterráneo fuera un mar cristiano, todos se encargaron de contener las ambiciones del emperador.Veinte años después de su coronación, Carlos era un hombre cansado y, en muchos sentidos desengañado, hasta el punto de que decidió renunciar en vida a todas las coronas por las que tanto había pugnado. Su hermano Fernando, que le sucedería en el título imperial, nunca llegó a plantearse ni tan siquiera solicitar al papa la coronación.Le bastaba con ser reconocido por sus súbditos alemanes. Los tiempos habían cambiado.EL IMPERIO ESPAÑOL
carlos v: la coronación del emperador
En 1530 la ciudad italiana de Bolonia acogió una de las ceremonias más fastuosas del Renacimiento: la coronación de Carlos V como emperador, de manos del papa Clemente VII. El sueño de una monarquía universal parecía haberse realizado
En 1548, Tiziano retrató al emperador Carlos V vestido con armadura de gala, un óleo hoy desaparecido del que sólo se conserva esta copia realizada por Rubens en 1603. Museo Histórico Alemán, Berlín.
Foto: AKG/Álbum
en el año 1529, Carlos V pudo al fin realizar lo que había sido un sueño desde el principio de su reinado: viajar a Italia. A finales de julio zarpó de Barcelona y, tras desembarcar en Génova el 12 de agosto, se encaminó a Bolonia, doscientos kilómetros al este. A su llegada, el 5 de noviembre de 1529, en la puerta de la ciudad le esperaban veinticinco cardenales, casi todos ellos vástagos de los más ilustres linajes italianos. Al ver al monarca desmontaron de sus cabalgaduras y se inclinaron en señal de pleitesía. Para la mayoría de ellos, al igual que para el papa Clemente VII, miembro de la poderosa familia florentina de los Médicis, que también se encontraba en la ciudad, esto suponía una insufrible humillación. Dos años antes, en 1527, los soldados alemanes de Carlos habían saqueado brutalmente la Ciudad Eterna, en el episodio conocido como Saco de Roma. El propio pontífice había tenido que refugiarse en el castillo de Sant’Angelo para salvar la vida y se había visto obligado a pagar 400.000 ducados por su rescate y absolver a los saqueadores. Como los patriarcas del Antiguo Testamento, Clemente decidió dejarse crecer la barba en señal de duelo perpetuo. Pero ahora el papa y los cardenales estaban todos en Bolonia a fin de satisfacer el gran deseo de Carlos V: ser coronado emperador.
Este grupo escultórico, en el palacio de gobierno de Florencia, muestra a Clemente VII colocando la corona imperial sobre la cabeza de Carlos V. 1540. Foto: AKG.
En realidad, Carlos V era emperador desde hacía once años. En 1519, a la muerte de su abuelo Maximiliano I, fue elegido como su sucesor por los siete grandes electores del Sacro Imperio Romano Germánico. Las intrigas de sus enemigos –desde los reyes de Inglaterra y Francia hasta el papa del momento, el Médicis León X, y otros príncipes alemanes– no pudieron nada frente a los 800.000 florines con los que los ministros de Carlos sobornaron a los electores. El 28 de junio de 1519 éstos se reunieron en la ciudad de Fráncfort para designar a Carlos de Habsburgo como «rey de romanos».
Aunque este título lo convertía tan sólo en rey de Alemania, en la práctica comportaba el reconocimiento de los poderes imperiales.
Pero la elección debía ir seguida por una ceremonia de coronación; más exactamente, por tres ceremonias. La primera, la coronación como «rey de romanos», tenía que celebrarse en la capilla Palatina de Aquisgrán, la antigua capital imperial, donde al emperador electo se le imponía la corona de Carlomagno y se le hacía entrega de su espada junto con las otras insignias imperiales: el anillo, el orbe y el cetro. De este modo lo hizo Carlos V el 23 de octubre de 1520. La segunda coronación era la de «rey de los borgoñones» o «rey de Italia», y no tenía un lugar establecido, mientras que la tercera, la de imposición por parte del papa de la corona imperial propiamente dicha, estaba previsto que tuviera lugar en Roma, como habían hecho Carlomagno y muchos de sus sucesores.
Sin embargo, pasados varios años desde su elección, Carlos V aún no se había coronado como rey de Italia ni como emperador propiamente dicho. No era una situación excepcional. La coronación imperial de manos del papa había caído en desuso desde hacía tiempo, y, por ejemplo, el propio abuelo de Carlos, Maximiliano I, nunca se coronó en Roma. Pero a diferencia de sus antepasados, cuyo campo de acción había quedado circunscrito al ámbito germánico, Carlos tenía aspiraciones más amplias. La fabulosa herencia territorial recibida de sus ascendientes españoles, borgoñones y germanos lo había convertido en el soberano más poderoso de la Cristiandad, una posición confirmada con éxitos militares tan espectaculares como el de la batalla de Pavía, en 1525, que le valió el dominio sobre el norte de Italia.
Casco de combate de Carlos V realizado en 1533. Real Armería, Madrid. Foto: Art Archive.
Carlos aspiraba a hacer realidad su lema, Plus ultra, «Más allá», y convertirse en un gobernante verdaderamente universal, como le susurraba su canciller, Mercurino Gattinara: «Dios, el Creador, os ha concedido la gracia de elevar Vuestra dignidad por encima de todos los reyes y príncipes de la Cristiandad, al convertiros en el mayor emperador y rey desde la partición del Imperio de Carlomagno, y os ha indicado el camino hacia la justa monarquía universal a fin de unir el orbe entero bajo un único pastor». De ahí la importancia que revestía para Carlos el hecho de ser coronado como emperador por el papa, un acto que sería posible dos años después del Saco de Roma, cuando Clemente VII y Carlos V sellaron su reconciliación mediante un tratado firmado en Barcelona.
CAMINO DE BOLONIA
En las negociaciones de ese tratado, tanto al papa como al emperador les importaban ante todo las cuestiones políticas –el dominio sobre territorios clave como Nápoles, Milán o la Romaña–, pero Carlos no dejó escapar la ocasión para obtener del papa el compromiso de coronarle emperador. Ambos entendieron que la ceremonia no podía celebrarse en Roma, pues las heridas del Saco seguían abiertas. Por ello eligieron como sede de la ceremonia Bolonia, una ciudad perteneciente a los Estados Pontificios pero que estaba próxima al ducado de Milán, ahora en manos de los españoles.
Para acoger el acontecimiento, la ciudad fue sometida a una profunda transformación, con el objetivo de convertirla durante unas jornadas en una réplica de Roma.
Carlos V decidió que su coronación imperial tuviera lugar en la ciudad italiana de Bolonia. Arriba, a la izquierda, la catedral de San Petronio, escenario de la coronación, y en el centro, el Ayuntamiento. Foto: Sandra Raccanello.
Clemente VII llegó el 23 de octubre de 1529 y fue recibido por una serie de arcos triunfales, con escenas del Antiguo Testamento que simbolizaban el acuerdo entre la Iglesia y el Imperio como garantía de la paz. La entrada de Carlos V, diez días más tarde, fue aún más espectacular. Se trató de una verdadera entrada triunfal, al modo de los antiguos emperadores romanos cuando volvían de sus campañas militares victoriosas. En la puerta de San Felice se levantó un arco con triunfos de Neptuno y Baco e imágenes de los más grandes emperadores, Julio César, Augusto, Tito y Trajano, así como estatuas de generales romanos como Escipión el Africano. En otro arco se evocaba a Constantino –el primer emperador cristiano– y a Carlomagno.
Los actos de coronación, sin embargo, se demoraron casi cuatro meses, en parte a causa de la insistencia de Carlos en hacerlos coincidir exactamente con su trigésimo aniversario. De este modo, no fue hasta el 22 de febrero de 1530 cuando el papa colocó sobre sus sienes la «corona de hierro» de los lombardos, llamada así por incorporar una banda de hierro hecha supuestamente a partir de un clavo usado en la crucifixión de Cristo. La ceremonia por la que Carlos fue coronado como «rey de los borgoñones» o «rey de Italia» se celebró con gran solemnidad, pero casi en privado, para no restar esplendor a la tercera coronación prevista para dos días después, el 24 de febrero, fecha del cumpleaños del césar.
El lugar elegido fue la iglesia de San Petronio, habilitada para la ocasión como si se tratara de la basílica de San Pedro. En previsión de la multitud que llenaría a rebosar la plaza situada frente al templo, se levantó un puente de madera que unía el palacio Pubblico, donde se alojaban el pontífice y el emperador, con la escalinata de la basílica. El día convenido, Carlos desfiló por ella ricamente ataviado llevando en la cabeza la corona de hierro. Le precedían cuatro grandes títulos de la nobleza romano-germánica, los duques de Saboya, Urbino y Baviera, y el marqués de Monferrato, portando las insignias imperiales: la corona de oro, la espada, el orbe y el cetro. Sostenía la cola de su manto el conde de Nassau. Justo después de pasar éste, la pasarela se hundió, provocando al menos tres muertos y numerosos heridos graves; incidente que muchos interpretaron como signo de mal augurio, un castigo de Dios por el Saco de Roma.
Orbe imperial realizado con plata, oro y piedras preciosas. Datado en el último cuarto del siglo XII. Museo de Historia del Arte, Viena. Foto: E. Lessing.
Al entrar en la iglesia, Carlos fue investido como canónigo de San Pedro. A continuación el cardenal Farnesio, que pocos años después se convertiría en el papa Paulo III, le ungió con los santos óleos, signo del carácter sagrado de su nueva condición. Ya en el altar mayor, erigido para la ocasión a imitación del de la basílica de San Pedro, el pontífice le entregó la espada que le confería «los derechos de la guerra», imponiéndole así la obligación de tomar las armas para la defensa de la fe. Acto seguido colocó el cetro en la mano izquierda del soberano, y en la derecha, la esfera dorada que representaba al mundo, símbolo de que le entregaba «el imperio del orbe». El ritual culminó cuando Clemente VII ciñó sobre su cabeza la diadema de oro de los emperadores, conocida también como la corona de los césares.
Coronación del emperador Carlos V por el papa Clemente VII en Bolonia. Plato de fayenza. 1530. Museo Cívico, Bolonia. Foto: E. Lessing.
GLORIA Y DECLIVE
Concluida la ceremonia en el interior del templo, el pontífice y el emperador emprendieron un solemne desfile a caballo y bajo palio a través de las principales calles de la ciudad. En la iglesia de Santo Domingo, que hacía las veces de la basílica romana de San Juan de Letrán, Carlos fue nuevamente investido como canónigo. Para concluir la jornada, las comitivas papal e imperial se dieron encuentro alrededor de la mesa, en un fabuloso banquete celebrado en el palacio Pubblico. Mientras tanto, en la plaza adyacente, la población congregada para el acto se deleitaba con un buey asado para la ocasión y el vino que manaba sin cesar de una inmensa fuente repleta de símbolos imperiales y presidida por la figura de Hércules, el antepasado mítico de los reyes de España.
La coronación de Bolonia colmó las ambiciones de Carlos V.
La Cristiandad lo había aclamado como heredero de los antiguos césares y había reconocido su hegemonía en el concierto político europeo, su «dominio universal», según sus propagandistas. Los años venideros ratificarían su predominio en Europa. Nada más abandonar Bolonia, Carlos se dirigió a Augsburgo, en el sur de Alemania, para presidir una dieta de los príncipes y ciudades del Imperio; ante la división entre católicos y protestantes, impuso una solución que estuvo a punto de poner fin al conflicto religioso. Asimismo, su implicación en la lucha contra el Islam culminó en una de sus campañas más brillantes, la toma de Túnez en 1535.
Sin embargo, pronto quedó claro que una cosa eran los honores y otra bien distinta la dura realidad de una Europa de equilibrios precarios, en la que sus gobernantes se resistían a aceptar la supremacía de una autoridad superior como la que el emperador reclamaba. Fueran los príncipes alemanes, reacios al acuerdo de Augsburgo, el rey de Francia, con sus deseos de poner un pie en el norte de Italia, o los turcos otomanos, dispuestos a impedir que el Mediterráneo fuera un mar cristiano, todos se encargaron de contener las ambiciones del emperador. Veinte años después de su coronación, Carlos era un hombre cansado y, en muchos sentidos desengañado, hasta el punto de que decidió renunciar en vida a todas las coronas por las que tanto había pugnado. Su hermano Fernando, que le sucedería en el título imperial, nunca llegó a plantearse ni tan siquiera solicitar al papa la coronación. Le bastaba con ser reconocido por sus súbditos alemanes. Los tiempos habían cambiado.
miércoles, 24 de febrero de 2021
"FUE UN GRAN AMIGO HASTA SU MUERTE EN MADRID".-
Eduardo Fuentes Gómez de Salazar, el pacto del capó
Eduardo Fuentes Gómez de Salazar nació en Madrid, el año de 1932. En su Carrera Militar obtuvo, entre otros, los Diplomas de Estado Mayor, Mando de Unidades Acorazadas y Dirección de Servicios de Inteligencia. Asimismo, fue Profesor de Táctica, Estrategia y Geopolítica en las Escuelas de Estado Mayor y Superior del Ejército.
Siento Teniente Coronel, durante el 23-F de 1981, participó como mediador y fue el protagonista principal del denominado “Pacto del capó”, que culminó con el desalojo del Congreso de los Diputados. Mediante ese pacto, escribió, de su puño y letra, sobre unas cuartillas con el membrete de las Cortes, las condiciones pactadas, que establecían la exención de responsabilidades a los participantes en el 23-F, de Tenientes para abajo, y fueron rubricadas por el General Alfonso Armada, sobre el capó de un vehículo militar. De ahí, el nombre de “Pacto del capó”. El 24 de febrero de 1981, se negó a brindar por la liberación del Congreso ante el Jefe del Estado Mayor del Ejército, General José Gabeiras Montero, rehusando la copa de champaña que le ofrecía Gabeiras, indicando que no podía celebrar la entrada en prisión de compañeros y amigos suyos. En 1988, tras ejercer el mando de dos Regimientos, pasó voluntariamente a la Reserva con el grado de Coronel de Infantería.
Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Colaboró asiduamente en diversas publicaciones y fue Subdirector y Jefe de Redacción de la Revista Reconquista. Fue distinguido, por su labor periodística, con los premios “Ejército”, en 1980; y “Fuerzas Armadas” en 1981.
Estudioso de la Historia Americana, fue miembro de la Asociación América 92 y Directivo del “Instituto Español Sanmartiniano”. Fue, igualmente, miembro distinguido y Secretario de la Fundación Nacional Francisco Franco, FNFF, y autor de los libros: Estrategia de la implantación española en América; y El Pacto del capó.
Pese al cáncer que padecía, continuó colaborando hasta el final en la Fundación Nacional Francisco Franco, donde realizó una sensacional labor en favor de la verdadera historia de España y siempre ayudó a todo el que se le acercaba. Tenía una gran simpatía natural y don de gentes que hacían muy agradable la relación con él. En el Boletín de la FNFF escribió varios artículos, siendo el último de ellos uno dedicado al cine español actual. Falleció cristianamente en Madrid, el 2 de diciembre de 2004.